Quietud del aire fresco en las primeras horas del día. Una luz límpida y una eclosión de trinos y de cantos de pájaros.
En este ambiente estimulante, sigo pintando los óleos sobre el paisaje de la azotea. Empiezan a coger tono simbólico, pellizco, significados difícilmente expresables con palabras. Sin saber muy bien cuál será el final. Evolucionan. Dejo trazos a lápiz del boceto inicial. Marcas del pasado, errores, sugerencias, otras perspectivas.
Previsiones en la prensa sobre cómo seremos después de la crisis. Echo un vistazo por encima. Algunas de las ideas enseguida enganchan. Intuyo que son buenas. Y no es cuestión de si acertarán, sino de las posibilidades que encierran, de lo saludables que suenan, de lo sugerentes que son. Una vida más modesta. El valor de lo esencial. Para qué interesan relojes que cuestan como un coche, recuerdo que escribe un autor. El valor renovado de la sanidad. La dimensión adecuada de las ciudades. El aislamiento creativo. Las nuevas formas de aprender.