He abandonado el ejercicio físico en la azotea. Ya no doy vueltas como un sonámbulo alrededor de la montera. Y en cierta medida, lo echo de menos.

Parcialmente liberados, salimos a la calle para andar casi una hora, callejeando por lo que fue la muralla medieval de Andújar. Paseo de las Vistillas, con el torreón de Tavira, la Fuente Sorda, la zona del antiguo Alcázar, para entrar en el laberinto árabe de callejas y callejones por Alférez Moreno.

En el paseo me doy cuenta de que, en el fondo, sigo dando vueltas en torno a algo. Ahora giro alrededor de los restos de la memoria urbana, un día y otro, grabando el recorrido, encontrándome con los espacios perdidos de la infancia, con ventanas y casas, que fueron habitadas por personas que supusieron algo, o mucho, para mí.

Aún queda algo. Aún queda esa tapia, tan baja, del antiguo corralón de Pichuli, hoy ocupado por el Teatro Municipal, en donde jugábamos al fútbol, y por donde se perdía la pelota de cuando en cuando, volviendo a aparecer a los pocos minutos por encima de la tapia, enviada por alguien siempre anónimo y paciente. Es un milagro que se mantenga la tapia. Ahora me detengo y admiro su significado.