Viendo el cielo crepuscular desde la azotea, se echa de menos la música de los amigos de la calle Vendederas. Se nota la ausencia de la voz de Inma animando a la parroquia. ¿Qué habrá pasado? ¿Están agotados nuestros amigos tras los fastos de la confinada Romería? ¿O es el próximo advenimiento de la libertad, que ha dejado sin sentido las celebraciones entre tejados y balcones? Los aplausos son más débiles.
Sensación de volver a una rutina sin la exaltación, solidaria y festiva, después de las ocho de la tarde. Se ha perdido algo del brillo, de la épica, de la fuerza, de aquellos días primeros de la reclusión, ahora que descendemos tras la escalada.
El valor de la fiesta es la intensidad emocional compartida.