Vuelvo a coger un coche. Dos meses sin darle a la llave de contacto. El arranque. ¿Arrancará? A la primera; milagro. Casi se lo agradezco en voz alta. Enseguida disfruto del sonido redondo del motor y salgo muy lentamente de la cochera. Callejeo por la ciudad con una sensación de primerizo, como algo cercano a la magia. ¡Un-coche!
Subo a la sierra, la carretera serpenteando, curva, contra curva. Conduzco con suavidad, casi lento, dejándome envolver por el placer de controlar el vehículo, de trazar la curva, de salir brioso en la cuesta, de sentirme parte del paisaje del monte, aún verde, pletórico de colores, de olores, en esta primavera templada y felizmente lluviosa.
Momento de redescubrimientos. De objetos, de experiencias, de sensaciones. Y tiempo de lentitudes, de abolición de las prisas, de los planes y de las estrategias.
Lo pienso. Tenemos todo el tiempo del mundo por delante.
