Tomo el sol leyendo a Dante, que acaba de entrar en el Purgatorio. De repente, poderosos truenos anuncian la tormenta. La realidad y la literatura parecen darse la mano. Nubes de plomo y estruendo descienden desde la sierra. Sonido del agua rompiendo con fuerza sobre la montera que cubre el patio. Hay un instante mágico, en la antesala del diluvio; una luz generosa baña la cal de los muros colindantes sobre un fondo gris muy oscuro, dibujando con nitidez la geometría de los tejados. Al fondo, una antena TDT mira desafiante a la tormenta.

Me paro largamente a ver llover. Bella primavera de lluvia. Desde la reclusión, imagino la sierra y el efecto nutricio del agua. Los olores que en breve se levantarán, entre las jaras, los tomillos, las encinas.

Los aplausos de las ocho son una reunión de la calle San Bartolomé. La única del día. Reconforta vernos al final de la tarde, nos damos ánimo, nos reconocemos un rato antes de volver hacia adentro.

Se nota la ausencia de nuestros vecinos de Vendederas. El agua ha debido disuadirlos.