Hoy hemos salido a conocer los bares. Después de una vuelta, el cotidiano paseo de las ocho,  y visto que en La Encina no había casi nadie, nos atrevemos a tomar la decisión; nos acercaremos, un punto emocionados, a una de las cuatro mesas altas que están en la calle.

Enseguida saludamos a Ángel; codo con codo. Se alegra de vernos, y nosotros a él, trata la mesa con hidrogel, y nos atiende tras la mascarilla.

Sentado en un taburete alto, miro con asombro el entorno. Como si fuera la primera vez. Los otros clientes, el expositor con sus latas de conserva, la barra que se adentra en el local —nadie dentro—, los embutidos, los vinos, el champán. Ángel me trae el botellín, bien frío.

¡Qué maravilla es un bar! Que bien se está. Relajado, tomando una cerveza, unos mejillones, viendo a la gente charlar, comentando cosas con Ángel, que va, que viene, que entra, que sale; está eufórico de volver a contactar con los clientes, con el negocio, con la calle.

Los bares. Puro realismo mágico.