Llevo el tiempo del COVID viviendo frente a una azotea. En este espacio, anteriormente casi olvidado, se han producido abundantes acontecimientos —no previstos, como todo en estos tiempos—. Dan idea de la vitalidad del entorno. Ha habido encuentros, plantas recuperadas, juegos de la luz y de las sombras. Y lluvia, bailes, brindis. Música.
Recupero, desde esta azotea que mira sin verla a Sierra Morena, el recuerdo de otra azotea, largamente habitada; próxima a la Bahía de Cádiz, abierta a las salinas, a la Sierra de San Cristóbal, a la fachada a la vez austera y barroca, del Monasterio de San Miguel.
Y recupero también un poema dedicado a ese espacio gaditano, desde aquella mirada que, en la translación a las tierras de Andújar, parece que mantiene toda su vigencia.
Recorte cubista de colores al viento.
Todos los días cambia.
Envuelta la arquitectura de color por otra arquitectura
de trapecios, cubos y espacios de azoteas.
El fondo de estas pinceladas
es una oscuridad fruto del tiempo.
Contraste que llama entre la claridad circular.