Veo moverse la cabeza de mi amigo Vicente tras los tejados que dan a Sierra Morena. No sale a la calle —ya se puede—, y sigue dando vueltas en su azotea. No es el único que no quiere salir; me he encontrado con un niño que tampoco quería. Algunos se han adaptado a la vida retirada; han debido encontrar el placer del retiro, del silencio, de la concentración. ¿Algunos?

Por fin llega la hora acordada: las ocho en punto de la tarde. ¡Podemos salir!

Salimos. Con ropa deportiva y con ánimo de hacer deporte. Nos encontramos con los vecinos de las azoteas colindantes que hacen lo mismo. Me encuentro con Paco, al que antes veía como un dios en la divina altura de su azotea. Ahora nos vemos cara a cara —mascarilla a mascarilla—por primera vez, de cuerpo entero; ya no es solo la cabeza que asomaba allí arriba como una aparición todas las tardes. Me llama la atención su tez tan bronceada; ha debido habitar mucho la azotea. Sale a correr con un amigo.

Se ve gente. Todos lanzándonos hacia las afueras. Dudamos la trayectoria para encontrar el menor número de personas. La obsesión por las distancias. Caminamos y corremos junto al río, con cierto aire de bochorno, la mole alargada y oscura de la sierra al fondo. La ciudad, con su perfil antiguo de torres de iglesias, se va quedando atrás. Respiramos