La parada biológica me ha pillado fuera de casa. En principio venía para un fin de semana. En consecuencia, solo dispongo de dos libros, un cuaderno de notas, una pluma, un bolígrafo, un lápiz. Y el portátil, con un disco duro externo que entró en el equipaje en el último minuto; y la conexión a la nube, en la que tengo lo imprescindible, lo que hay que salvar antes de irnos a la isla desierta. ¿Lo esencial? Seguramente.
Menos mal que uno de los libros es inagotable, circular, profundo y aéreo, y da para todo el tiempo. La Comedia, de Dante. Increíble viaje desde la quietud del aislamiento. Y es el caso que, en esta primera semana, lo leo con cuentagotas, saboreándolo en perfectas dosis, como si temiera agotarlo, como un recurso limitado.
El día ha cambiado a nubes y claros, después de llover por la noche. Llover. Tiene que llover a cantaros, cantaba Pablo Guerrero, y esa fue una canción en un momento que fue iniciático, al que debo ser fiel. Los momentos iniciáticos, aquellos que te abren un mundo. ¿Lo será este tiempo de silencio y azoteas?
Tengo una ventana al lado de la mesa desde donde escribo; una fortuna -¿qué es lo valioso ahora?-. Cielo de azules y nubes.
