Se hace difícil no pensar, no escribir, sobre lo que estaríamos haciendo tal día como hoy. Estaríamos en la Sierra, en el Puente, en una explosión de gentes y de encuentros, en la ribera del Jándula, subiendo por la tarde al Cabezo, la larga noche por delante, la primavera en Sierra Morena en todo su esplendor de jaras en flor, hierbas altas, encinas brotadas. Hoy estaría lloviendo.
El camino romero te iba haciendo dejar tus esquemas previos. Los del resto del año. Un ambiente, una vorágine, un entorno que te sacaba de tus coordenadas habituales, que te iba envolviendo en una inmersión absoluta entre la multitud, los tambores, los caballos, las carretas, el viento. Realismo mágico, abrazos vitales, complicidades, sorpresas.
Al bajar del Cerro te quedaba la sensación de haber estado en otro mundo, fuera de la realidad y de sus normas, alejado de las leyes de lo cotidiano. Una aparición irreal como un sueño. Que se repetía cada año a finales de abril.
Vuelvo al espacio-azotea. Ha dejado de llover, el cielo aún gris denso. Alguien, desde un balcón cercano, tira un solitario cohete.
Un recuerdo para Jaime.