Vivo una quietud como de tarde de domingo. Solo el zureo de las abundantes palomas que pueblan los tejados aledaños. Se va nublando, a la espera del agua, anunciada. El silencio se pega a la piel. Una temporada de meditación en medio de las azoteas.

Sé que en la calle Vendederas, al otro lado del tejado, a partir de las ocho volverán a poner música, himnos –la Morenita, el de Andalucía…- y luego bailaran desde los balcones, fiesta en las alturas y en la distancia, desafiando a todo volumen el recogimiento impuesto. Silencio exterior y también silencio interior. Así, parado y quieto, todo el pasado parece irreal, esa antigua actividad frenética suena ahora a película.

Muros (I)

Llegan las ocho en punto de la tarde y nuestros animosos vecinos de la calle Vendederas llaman, a toque de corneta, al vecindario. Suenan los himnos, a toda pastilla Resistiré…..Por la poderosa megafonía avisan. Alguien se ha dejado en el portal de una casa una bolsa con latas de sardinillas. Se busca al propietario. No aparece. A continuación se da a conocer a toda la vecindad, intuyo que asomada a los balcones – no los veo, tengo un tejado mas alto que mi azotea, que nos separa- que hoy es el cumpleaños de Claudia, la hija de Bartolo. Aplausos, felicidades guapa. Se escucha el himno de los cumpleaños.

Nos han dado un espacio nuevo; y empezamos a utilizarlo, a construir nuestro mundo sobre él. Un mundo de canciones, encuentros, celebraciones. Da igual si ese espacio es muy amplio o es restringido. Nos adaptamos. Solo que ahora navegamos por aguas restringidas.