De nuevo nuestros amigos de la calle Vendederas. Llevaban días anunciándolo. Disfraces para el sábado, disfraces para el sábado. Llegó la hora y por las terrazas y azoteas de los alrededores comenzaron a aparecer cabezas vestidas del siglo XVIII, venecianas, piratas, toreros… Me cuentan, y las imágenes en las redes dan fe, de balcones en Vendederas llenos de familias disfrazadas. El Carnaval en abril. La pulsión de la fiesta, de celebrar la vida, que se escapa por las aberturas de las casas.
Mientras, mi amigo J. sigue en la UCI. Mal. No remonta el vuelo. Lleva días de lucha.
Los contrastes de estos días. Las dos caras de la vida. Difícil de encajar las dos realidades al mismo tiempo. Como el cubo de Necker, no es posible atender a las dos imágenes a la vez.
Llega la tormenta por la tarde. El cielo se cubre de todos los matices del gris y llueve con ganas. Al cabo, una luz limpia llena la tarde. Las nubes se quedan blancas, paralizadas, ascendiendo suavemente, en formas algodonosas, bellas. No tarda en aparecer un arco iris nítido, definido, una maravilla ante la que es difícil no asombrarse. Un poco más tarde vuelve el gris negro y el viento agita las azoteas. Otra vez la lluvia.