Desde una mañana silenciosa, solo los pájaros y sus cantos de primavera.

En esta navegación diaria, parece que estamos en mitad del océano y en una densa calma chicha. Debería ser Semana Santa, en la que las ciudades – las que la viven a fondo- se centran sobre ellas mismas y hay cierta gravedad en un ambiente cargado de aromas. A la lentitud procesional de antes, retenida en la memoria, se suma ahora la obligada quietud de esta primavera. Calma chicha; no hay brisa, no navegamos, no sabemos lo lejos, en el tiempo, que estará la arribada. No cambia nada, no hay acontecimientos, solo el ritmo solar. No existe el tiempo. Debemos perseverar.

Trazo bocetos. Cambio el punto de fuga, y el espacio cambia. Otra sensación de espacio. Empiezo a entender el entramado de cubiertas, patios, tejados y terrazas, que rodean el espacio en donde vivo, el espacio-azotea.

Encontramos utilidad a antiguas mesas y sillas arrumbadas en el sótano. Empezamos a poblar de objetos el espacio-azotea. Una silla plegable que por azares desconocidos está sin respaldo me puede servir de caballete. Por el momento es una mesa auxiliar. Los objetos cambian su función y adquieren un valor nuevo.

Los acontecimientos son las sombras en la azotea, que cambian, evolucionan, aparecen, desaparecen; y algunas ceremonias señaladas. Siguen sonando campanas a las doce en punto –me recuerdan por la forma en que marcan el tiempo, la sirena del Vapor a las horas convenidas- y a las ocho de la tarde, tras los aplausos, la música de nuestros vecinos, que nos congregará de nuevo.

Mientras, sigue la encalmada