Jarros de agua; llueve insistentemente. Una bendición para el campo, se suele decir; y es verdad. En otra época hubiese sido un día para el recogimiento. Ahora, la lluvia acompaña el aislamiento. Esta  agua que cae del cielo –en estos días nos fijamos más en las cosas cotidianas, no por ello menos mágicas- parece tener un sentido purificador.

La pandemia supone una cura de humildad, como humanos. De una manera más o menos consciente, nos devuelve a siglos atrás, cuando éramos más vulnerables a la naturaleza. Por eso, veo llover y me asombro. Menos racional, por la irracionalidad de la epidemia, miro con ojos fascinados como cae el agua.

La tarde se ha quedado agradable, templada. Me asomo a los tejados a ver el cielo cargado de nubes.

Tras las lluvias atardece aclarándose; nuestros amigos de Vendederas, después de dos días de ausencia, vuelven a la carga. Suena la música por las azoteas. Nuevos vecinos se van sumando al happening. Llegan noticias de adhesiones desde Calancha. Y Paco, en el señalado día de su santo, se deja ver en lo más alto de la azotea contigua, como una milagrosa aparición. Visto desde abajo adquiere la majestad de las alturas. Inma, micrófono en mano, le da la bienvenida.