Cielo uniformemente gris. Viento del oeste. No hay sombras, no hay contrastes, luz difusa, espectral. Luego el día se abre a la primavera.

En las esporádicas salidas a la calle, se observan restos de la civilización anterior. Anacrónicos carteles, como venidos de otro mundo, en las lunas de los comercios. Imprescindible reservar mesa. Aquí no se acaba nunca la fiesta. En los escaparates abundan exuberantes vestidos de flamenca, con abalorios de todos los colores; junto a trajes cortos para los caballeros. La fiesta que no fue. Y en el aire, una sensación de que aquí ocurrió algo inesperado y rápido que extinguió la vida, tal como se conocía, y ha dejado petrificados a los comercios en una foto fija de hace no se sabe cuánto tiempo.

Voy sintiendo la azotea como un espacio propio. Haciendo fotos lo voy descubriendo en sus detalles. Dándole significados a través de las imágenes. Está el juego de las sombras. Pero también esas nubes de primavera revestidas de luz. Y el puzzle de las tejas trazando sus curvas unas sobre otras.

La sirena de los vecinos anuncia la hora del aplauso. Bajo una luna casi nueva, los pensamientos vuelan a animar a toda la gente – médicos, enfermeros… –  que está luchando a brazo partido en los hospitales en estos momentos. Aplaudimos repetidamente.

La fuerza de la repetición. La repetición de los aplausos, la repetición de las canciones –ya convertidas en himnos- que ponen los vecinos de Vendederas. La repetición de las emociones. La repetición graba, profundiza, va calando. Genera tenacidad. La ceremonia de las ocho –los aplausos, la música-, esa liturgia, se hace ya imprescindible.

Los vecinos dedican una canción a Encarna y dan la bienvenida a Mari, que se acaba de incorporar a la peña. Nos citan de nuevo a las 10.