Un amigo, Diego, nos propone, al comenzar el día, la canción Abre la puerta del mítico grupo Triana. El tema, que nos recuerda fiestas universitarias, me lleva también a Triana, el barrio. Diego tenía allí una casa memorable. Y Triana fue para mí un espacio vital, en los dos años que estuve allí. Casi todos los días pasábamos de Triana a Sevilla. Y volvíamos, de Sevilla a Triana. Somos los sitios, las ciudades, los barrios, en los que hemos vivido.
La parada biológica del coronavirus nos empuja –canciones, textos, fotos- a revisar el pasado. El pasado no aparece como algo inmutable. Se recrea, se construye, se reconstruye desde la mirada del presente. He ahí el delicado trabajo de la memoria.
Recomiendan en El País el disco Aurora, de Agustí Fernandez. Lo busco, lo escucho. Piano luminoso, sugerente, visual. Un sosiego en la tarde confinada.
¿Cómo serán los meses próximos? Va cobrando presencia la pregunta. El futuro, apareciendo borroso entre la niebla. La desconfianza hacia la cercanía física ha calado, se ha hecho sólida. ¿Tardaremos en volver a acercarnos? ¿En volver a tocarnos? Comenzamos a ver una pequeña luz al final del túnel. Leo que esto va para largo. Meses, tal vez un año, antes de volver – más o menos- a donde estábamos.
Revisando textos pasados encuentro uno, escrito para el Club de Letras de la Universidad de Cádiz, en el que hacía el retrato literario de un amigo. Y en él, una frase suya, que en estos días cobra más sentido aún: «esperando se alarga el tiempo«. Me la dijo mientras mirábamos, en la tarde cordobesa, los amplios olivares.
Los aplausos de las ocho se alargan, como el tiempo, bajo la suave, continua, necesaria, lluvia.
