Menudean estos días las reuniones virtuales. Quedamos con unos amigos para una reunión el sábado noche. El equivalente a las salidas reales de antes. Cierta inquietud antes de conectar, a ver si funciona el sistema. Sumarse a la reunión, el ajuste de tu propio plano, las luces, el vídeo que no va. Satisfacción final y cierta sorpresa de vernos —casi— todos en la misma pantalla. Risas, mientras tratamos de controlar la conversación. Imágenes que entran y salen, unos que de pronto se pierden, otros que no están pero se les oye. Y la desconexión. ¿Quién se queda el último? ¿Cómo se apaga esto? Juegos que nos divierten, pero que, al tiempo, tienen, a pesar de todo, la fuerza de la comunicación.

En el grupo de la Escuela de Música hacemos algo parecido, pero más audaz. Un intento de tocar juntos. No lo logramos tal como se pretendía, pero se ha vuelto a crear un clima cercano al de los ensayos en directo. Un compromiso por seguir vinculados.

Lo virtual forzado. La transformación digital. La comunicación como sea. Se hacen vídeos conjuntos y a distancia. Evolucionamos hacia la enseñanza on-line, en la que —en principio— eres más dueño de tu propio proceso, en el espacio y en el tiempo. Estamos aprendiendo a base de situaciones nuevas, que obligan a buscar soluciones novedosas. Retos, y nuevas formas de comunicación. A veces a través de las pantallas, las redes de ordenadores y los algoritmos; otras, entre los tejados, las azoteas o los balcones. El ansia innata de la comunicación. Un estímulo a la inventiva.

En tiempos de tantos mensajes, y soledad para muchos, Pedro selecciona The Sound of Silence. Dentro del sonido del silencio/en sueños inquietos caminé solo.