No hay planes. No conviene tenerlos. Ha pasado el tiempo y no conviene hacer planes. No se aclara el futuro. No hay futuro. Solo niebla. Navegamos en la niebla. Solo el sonido del presente que nos va llevando con un impulso monótono y eficaz. Navegamos a la estima, sin radar. En tal tiempo, con este rumbo, deberíamos llegar a tal sitio. Pero existen vientos, corrientes y es fácil abatir. ¿Llegaremos a dónde preveíamos?
Un presente que se repite. Una noria. Una rueda. Un giro continuo. No hay novedades. Por eso escribo, para marcar el tiempo. Para dejar rastro, estelas en el mar. Como las vueltas que doy, corriendo en la azotea en torno a la montera. Veinticinco, cincuenta, setenta y cinco. Cien. ¿Qué distingue una vuelta de otra? Solo la respiración.
Si no hay futuro, y el presente es un instante sin memoria, echamos la vista a atrás. Repensamos la vida. Tratamos de valorarla en sus múltiples dimensiones, de encontrar esas dimensiones. Tratamos de ensanchar el pasado. Es el momento de comprender lo que ha pasado. ¿Qué pasó?
Pepa me envía No surrender, ‘coronadedicada’ canción de un amigo, que ya ha padecido, y superado, el COVID, Total, 18 días. «Ahora estoy listo para crecer joven otra vez», canta arrolladoramente Springsteen.
