Viernes Santo de silencio absoluto. Sigo a Dante en su excepcional peregrinaje, ahora guiado por Beatriz en el primer círculo del Paraíso. Un viaje desde las profundidades a la luz.
Recuerdo la visita al Centro de Interpretación del Misticismo, en Ávila. Propone una exploración parecida. Bajar para luego ascender, transformado, y presto para la acción. Cuatro salas. En la I, la Tradición. El simbolismo de lo místico. El árbol de la vida. En la sala, tierra volcánica, el interior, el calor interno. En la Sala II, la esencia de las cosas. Y una frase de Wiggenstein, “Debe desmontarse el edificio de tu orgullo. Y esa es una enorme tarea”. Una cuerda simboliza que el ascenso «no es fácil ni rectilíneo pese a las apariencias». Más arriba, en la Sala de la Iluminación, la luz blanca lo llena todo; y no hay nada más, salvo una roca y otra frase «La nada es la llave, abre a lo desconocido» (Edmond Jabès). Llegamos finalmente a la Sala de la Acción. Transformados volvemos al mundo y a sus dificultades, para seguir escribiendo la vida. Ahora con otra visión, con otra inspiración. ”Ni todo está dicho, ni todo está escrito, y así habrá siempre que escribir” (Miguel de Molinos).
Es posible que este aislamiento forzado ofrezca la oportunidad de una experiencia semejante. Veremos.
