Viernes de Romería. Debería ser un día de multitud en la calle, con música, con baile, con cohetes. Nos quedamos, sin embargo, en la azotea engalanada. Pero el espíritu de la fiesta está presente. Preparamos una liga y la compartimos con nuestros amigos de terrazas y azoteas colindantes.
Compartir forma parte de la cultura de la Romería. ¿Cómo hacerlo estando confinados en la distancia? Yolanda deja caer una cuerda y atamos una cesta con una selección de nuestros aperitivos. En instantes, la cesta asciende majestuosa por el muro medianero y llega a su destino, siete metros más arriba. Luego desciende por el mismo sistema.
Paco no quiere ser menos, y a pesar de tener una finca de por medio, y estar diez metros por encima de nuestras cabeza, piensa sobre el particular. Para empezar, ha buscado otra canasta. ¿Pero cómo hacerla volar hasta nuestra azotea? Hace intentos con una cuerda. Balancea la cesta para tratar de ganar la energía cinética necesaria para salvar la finca medianera. Por el momento no lo consigue pero Paco sigue cavilando. Es tozudo y no se rinde. Al cabo, vuelve con un largo cable de conexión telefónica. Sin pensárselo dos veces lanza al vacío la cesta atada al cable. Vuela la cesta en un instante detenido en el tiempo…y cae…cae…¡en nuestra azotea! En pocos minutos, al cielo con ella, vuelve la cesta elegantemente a su azotea de partida, cargada de éxito y aperitivos.
Generoso, Paco envía una selección de las viandas, por el mismo sistema ahora descendente, a Inma y Michel, que tienen una azotea contigua más abajo. De vuelta hacia arriba, se aprovecha el viaje y sube la cesta cargada de pinchitos de pollo que acaba de hacer Inma. Paco los saborea, satisfecho, como un dios en las alturas.
Bien entrada la noche, quitamos la ornamentación de la azotea que mañana anuncian lluvias. Suena la Morenita en Calle Vendederas.