Viernes de Dolores. A primera hora, salgo a la azotea; miro las sombras. Bellas y sugerentes proyecciones geométricas. Naturales y efímeras. Luz rasante sobre los tejados. Aire fresco en un día luminoso. Recuerdo a una artista que construía artefactos para generar sombras. Le interesaban más las sombras proyectadas que las propias construcciones.

Teletrabajo. Tratamos de definir un futuro incierto. La gente quiere resolver las incógnitas. No estamos acostumbrados a no tener un futuro claro. Planes, la gente quiere planes, saber qué va a pasar. Se habla de aplazar, pero parece ser que no hay tiempo para aplazar. La rueda en la que veníamos subidos es difícil de parar. Quizá lleven razón; si paras la bicicleta te caes.

No obstante, pararse a pensar, tal vez mirar – el tiempo que se pueda – lo encuentro placentero, saludable. Una liberación. Un amigo me habló hace tiempo de una inscripción, en un museo de Latinoamérica:

nuestros antepasados eran sabios porque se sentaban a pensar juntos

He subido plantas a la azotea; poinsettias (Euphorbia pulcherrima), la flor de la Navidad. Han perdido muchas de sus hojas. Espero recuperarlas; que la primavera les de una nueva vida. Se nota su presencia en la terraza. Dan color y vitalidad. Transmiten la idea de crecimiento, aprovechamiento del sol, fecundidad. Invitan a cuidarlas. Parecen agradecer el traslado al aire libre. Otro símbolo. Aire, libre. La analogía con nuestras propias vidas esta cantada.

En la celebración de las ocho, se incorporan nuevos vecino de la casa contigua. Hablamos, felicitamos a las Lolas; Inma amplifica la felicitación a todo volumen y a todo el barrio. Y Yolanda, desde su terraza, me pasa el número del móvil. Le pasaré el blog.

Sombras (II)